viernes, 23 de marzo de 2018

De ruta

Estoy caminando por la ruta. A paso lento porque mi gorro me protege del sol. De pronto veo una culebra muerta en la banquina. La tomo con mis manos y me obnuvilo porque, pese a ser pequeña, es la primera vez en mi vida que veo y siento una real.

Su textura es un punto medio entre viscosa y acariciable. Su geometría, compleja. Ya no tiene mirada. Paso mis dedos por su cuerpo y siento que el agua de su interior acompaña mis movimientos. La dejo y sigo sin dejar de caminar.

Después, me encuentro un elástico, uno de esos que se usan en los botes. Es brillante y metalizado, y es verde como la culebra, verde agua salada.

Tiene dos nudos de marinero, uno en cada extremo. Son apretadisimos. Intento desatar uno, después el otro, y ni con los dientes puedo. Me detengo en una sombra para avocarme a la tarea.

Con esfuerzo, desato uno. Pienso en lo absurdo de asegurarlos tan bien y perderlos tan fácilmente. Yo, ensimismado en otra cosa, mirando hacia otro lado, por puro reflejo levanto la cabeza y veo que un auto para, y que su conductor me ofrece llevarme a mi destino.

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