martes, 19 de septiembre de 2017

llegó de arriba

tendría treinta o cuarenta y tantos. medias negras, pantalón negro y una remera color beige, larga y al cuerpo. su rostro, un punto medio entre maldormida y desfigurada. empezó a vagar por el hostel a eso de las cuatro y media. la puerta estaba cerrada, la cerré yo, por lo cual deduzco que llegó de arriba. yo estaba durmiendo en el sillón más próximo a la estufa y, cuando escuché el revoloteo, me sobresalté como paloma encerrada.

fue y vino de la cocina, hasta que se acercó pausadamente a la estufa. combatió un evidente frío y, cuando le pregunté si tenía problemas para dormir o se sentía mal, respondió que recién se despertaba. me retrucó y yo le dije que cargo el insomnio de quien debe trabajar.

se quedó un rato en silencio, estirando las piernas. yo respiré y respiré, batiéndome a duelo con mis párpados. por fin se fue arriba, sin despedirse, y escuché el chac chac de cada paso por la escalera de madera hasta quedar la casona de nuevo en silencio.

intenté retornar a mi asunto de conciliar esas dos horas de sueño diario. necesitaba llenar la barrita de vida, alimentarme como los personajes de un videojuego. pero ella volvió a bajar y volvió a bajar. repitió la secuencia, y cada vez que volvía se equivocaba el camino, como si hubiera más de uno.

con mi paciencia derramada como baba por el almohadón, la increpé a duras penas. dijo estar parando en la habitación seis, y lo último que me preguntó fue si su pieza estaba en el tercer piso. "caminé tantas escaleras que ya estoy confundida", me dijo. el hostel tiene uno solo.

después de sortear mi trampa de interrogantes, me dijo que estaba en la habitación con ocho camas. subimos juntos y caminé con ella hasta la puerta. entró. esperé unos segundos, expectante, pero nada rompió la calma.

la madrugada resulta un momento especial para la ironía. bajé a recepción. el hostal en completa armonía y, yo, descalibrado como brújula olvidada. atiné a revisar el Registro de Hospedaje. la pieza estaba llena, pero solo siete de las personas habían anotado sus datos. de repente, me pareció que dormir dos horas ya no era cosa tan importante.

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